Yo no la amaba y, sin embargo,
hubiera dado, sin duda, cualquier cosa
por tener para siempre su sonrisa,
por haber encontrado entre sus pechos
el camino del agua y la alegría.
Sólo la vi llegar, cuando las horas
se deshacen al fondo de las calles.
Era morena y dulce. Parecía
una pintura del
mejor Salinero.
El color de los campos y los días.
Llevaba contra el pecho una carpeta.
Y en su mirada podía adivinarse
un amor de caramelo y de colegio.
El asfalto se rompía con sus pasos
y el mundo comenzaba con la tarde.
Le hubiera dicho que yo andaba buscándola
por bares y tabernas desde siempre.
Y que en ese calor que adivinaba
contenido en su cuerpo yo sentía
la esperanza de amores deseados.
Pensé que nada valen las palabras
cuando el tiempo nos marca el territorio
de paisajes ajenos. Que no hay besos
que puedan ya salvarnos de la noche.
Y que ella era la noche presentida.
Pero dejé que se marchara. Muy amable
le indiqué la dirección. Y un poco antes
de irse sonrió. Me pidió fuego.
Y me dijo: “Muchas gracias, señor”,
Me hubiera enamorado en ese instante.
Pero yo no la amaba. Y sin embargo...




